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viernes, 25 de diciembre de 2009

Cuento de navidad de Juan Bosch

Por:Arq. Edwin Almonte
www.sabanaiglesia.org
25 diciembre 2009

Cuento de navidad

CAPITULO 1

POR JUAN BOSCH*

*EL AUTOR fue escritor, político y patriota.


CAPITULO 1

Más arriba del cielo que ven los hombres, había otro cielo, su piso era de nubes y después, por encima y por los lados, todo era luz, una luz resplandeciente que se perdía en lo infinito. Allí vivía el Señor Dios.

El Señor Dios debía estar disgustado porque se paseaba de un extremo al otro extremo del cielo. Cada zancada suya era como de cincuenta millas y a sus pisadas temblaba el gran piso de nubes y se oían ruidos como truenos. El Señor Dios llevaba las manos a la espalda, unas veces doblaba la cabeza y otras la erguía y su gran cabeza parecía un sol deslumbrante. Por lo visto, algo preocupaba al Señor Dios.

Era que las cosas no iban como Él había pensado. Bajo sus pies tenía la Tierra, uno de los más pequeños de todos los mundos que Él había creado y en la Tierra los hombres se comportaban de manera absurda, guerreaban, se mataban entre sí, se robaban, incendiaban ciudades, los que tenían poder y riquezas y odiaban a los vecinos ricos y poderosos, formaban ejércitos y salían a atacarlos. Unos se declaraban reyes, y mediante el engaño y la fuerza tomaban las tierras y los ganados ajenos, apresaban a sus enemigos y los vendían como bestias. Las guerras, las invasiones, los incendios y los crímenes comenzaban sin que nadie supiera cómo, ni debido a qué causa y todos los que iniciaban esas atrocidades decían que el Señor Dios les mandaba a hacerlas y sucedía que las víctimas de tantas desgracias le pedían ayuda a Él que nada tenía que ver con esas locuras. El Señor Dios se quedaba asombrado.

El Señor Dios había hecho los mundos para otra cosa y especialmente había hecho la Tierra y la había poblado de hombres para que éstos vivieran en paz como si fueran hermanos, disfrutando entre todos de las riquezas y las hermosuras que Él había puesto en las montañas y en los valles, en los ríos y en los bosques. El Señor Dios había dispuesto que todos trabajaran a fin de que ocuparan su tiempo en algo útil y a fin de que cada quien tuviera lo necesario para vivir y con la claridad del Sol hizo el día para que se vieran entre si y vieran sus animales y sus sembrados y sus casas y vieran a sus hijos y a sus padres y comprendieran que los otros tenían también sembrados y animales y casas, hijos y padres a quienes querer y cuidar. Pero los hombres no se atuvieron a los deseos del Señor Dios, nadie se conformaba con lo suyo y cada quien quería lo de su vecino, las tierras, las bestias, las casas, los vestidos y hasta los hijos y los padres para hacerlos esclavos. Ocurría que el Señor Dios había hecho la noche con las tinieblas y su idea era que los hombres usaran el tiempo de la oscuridad para dormir. Pero ellos usaron esas horas de oscuridad para acecharse unos a otros, para matarse y robarse, para llevarse los animales e incendiar las viviendas de sus enemigos y destruir sus siembras.

Aunque en los cielos había siempre luz, la lejana luz de las estrellas y la que despedía de si el propio Señor Dios, se hizo necesario crear algo que disipara de vez en cuando las tinieblas de la Tierra y el Señor Dios creó la Luna. La Luna iluminó entonces toda la inmensidad. Su dulce luz verde amarilla llenaba de claridad los espacios y el Señor Dios podía ver lo que hacían los hombres cuando se ponía el Sol. Con sus manos gigantescas, Él hacía un agujero en las nubes, se acostaba de pechos en el gran piso gris, veía hacia abajo y distinguía nítidamente a los grupos que iban en son de guerra y de pillaje. El Señor Dios se cansó de tanta maldad, acabó disgustándose y un buen día dijo:

- Ya no es posible sufrir a los hombres.

Y desató el diluvio, esto es, ordenó a las aguas de los cielos que cayeran en la Tierra y ahogaran a todo bicho viviente, con la excepción de un anciano llamado Noé que no tomaba parte en los robos, ni en los crímenes, ni en los incendios y que predicaba la paz en vez de la guerra. Además de Noé, el Señor Dios pensó que debían salvarse su mujer, sus hijos, las mujeres de sus hijos y todos los animales que el viejo Noé y su familia metieran dentro de una arca de madera que debía flotar sobre las aguas.

Pero eso había sucedido muchos millares de años atrás. Los hijos de Noé tuvieron hijos y los nietos a su vez, tuvieron hijos y después los biznietos y los tataranietos. Terminado el diluvio, cuando estuvo seguro de que Noé y los suyos se hallaban a salvo, el Señor Dios se echó a dormir. Siempre había sido Él dormilón y un sueño del Señor Dios duraba fácilmente varios siglos. Se echaba entre las nubes, se acomodaba un poco, ponía su gran cabeza sobre un brazo y comenzaba a roncar. En la tierra se oían sus ronquidos y los hombres creían que eran truenos.

El sueño que disfrutó el Señor Dios a raíz del diluvio fue largo, más largo quizá de lo que Él mismo había pensado tomarlo. Cuando despertó y miró hacia la Tierra quedó sorprendido. Aquel pequeño globo que rodaba por los espacios estaba otra vez lleno de gente, de enorme cantidad de gente, unos que vivían en grandes ciudades, otros en pequeñas aldeas, muchos en chozas perdidas por los bosques y los desiertos. Y lo mismo que antes, se mataban entre si, se robaban, se hacían la guerra.

Por eso se veía al Señor Dios preocupado y disgustado, por eso iba de un sitio a otro, dando zancadas de cincuenta millas. El Señor Dios estaba en ese momento pensando qué cosa debía hacer para que los hombres aprendieran a quererse entre si, a vivir en paz. El diluvio había probado que era inútil castigarlos. Por lo demás, el Señor Dios no quería acabar otra vez con ellos, al fin y al cabo eran sus hijos, El los había creado y no iba Él a exterminarlos porque se portaran mal. Si ellos no habían comprendido sus propósitos, tal vez la culpa no era de ellos, sino del propio Señor Dios que nunca se los había explicado.

- Tengo que buscar un maestro que les enseñe a conducirse – dijo el Señor Dios para sí.

Y como el Señor Dios no pierde su tiempo, ni comete la tontería de mantenerse colérico sin buscarles solución a los problemas, dejó de dar zancadas, se quedó tranquilo y se puso a pensar. Pues ni aún Él mismo, que lo creó todo de la nada, hace algo sin antes pensar en el asunto. Una vez había habido un Noé, anciano bondadoso, a quien el Señor Dios quiso salvar del diluvio para que su descendencia aprendiera a vivir en paz y resultó que esos descendientes del buen viejo comenzaron a armar trifulcas peores que las de antes del tremendo castigo. Había sido mala idea la de esperar que la gente cambiara por medio o gracias al ejemplo de Noé, por tanto, el Señor Dios no perdería su tiempo escogiendo castigos ejemplares ni buscando entre los habitantes de la Tierra alguien a quien confiarle la regeneración del género humano. Pero entonces, ¿quién podría hacerse cargo de ese trabajo?

El Señor Dios pensó un rato, que podía ser un día, un año o un siglo pues para Él, el tiempo no tiene valor porque El mismo es el tiempo, lo cual explica que no tenga ni principio, ni fin. Pensó y de pronto halló la solución:

- El mejor maestro para esos locos sería un hijo mío.

¡Un hijo del Señor Dios! Bueno, eso era fácil de decir pero muy difícil de lograr. ¿Pues qué mujer podía ser la madre del Hijo de Dios? Sólo una Señora Diosa como Él y resulta que no la había, ni podía haberla. Él era solo, el gran solitario y sin duda, si hubiera estado casado nunca habría podido hacer los mundos y todo lo que hay en ellos, en la forma en que los hizo, porque la mujer del Señor Dios, cualquiera que hubiera sido – aún la más dulce e inteligente – habría intervenido alguna que otra vez en su trabajo y debido a su intervención las cosas habrían sido distintas, por ejemplo, la mujer hubiera dicho: “¿pero por qué le pones esa trompa tan fea al pobrecito elefante cuando le quedaría mejor un ramo de flores?” O quizá habría opinado que la jirafa no debía tener el cuello tan largo y ahora tendríamos una jirafa de patas larguísimas y pescuezo de seis pulgadas. Ocurrió siempre que cualquiera mujer convence a su marido de que haga algo en esta forma y no en aquella y así es y tiene que ser porque ella es la compañera que sufre con el marido sus horas malas y el marido no puede ignorar su derecho a opinar y a intervenir en cuanto él haga.

Pero el Señor Dios es solitario y tal vez por eso puso mayor atención en los animales machos que en las hembras, razón por la cual el león resultó mas fuerte que la leona, el gallo más inquieto y con más color que la gallina, el palomo más grande y ruidoso que la paloma. Y la verdad es que como Él no tenía necesidades como la gente, ni sentía la falta de alguien con quien cambiar ideas, no se dio cuenta de que debía casarse. No se casó y sólo en aquel momento, cuando comprendió que debía tener un hijo, pensó en su eterna soltería.

- Caramba, debería casarme – dijo.

Pero a seguidas se rió de sus palabras. ¿Con quién podía contraer matrimonio? Además, aunque hubiera con quien, Él estaba hecho a sus manías, que no iba a dejar fácilmente, entre otras debilidades, le gustaba dormir de un tirón montones de siglos y a las mujeres no les agradan los maridos dormilones.

La situación era seria y había que hallarle una solución. Eso que sucedía en la

Tierra no podía seguir así. El Señor Dios necesitaba un hijo que predicara en ese mundo de locos, la ley del amor, la del perdón, la de la paz.

- ¡Ya está! – dijo el Señor Dios, pero lo dijo con tal alegría, tan vivamente que su vozarrón estalló y llenó los espacios, haciendo temblar las estrellas distantes y llenando de miedo a los hombres en la Tierra.

Hubo miedo porque los hombres que van a la guerra como a una fiesta, son sin embargo, temerosos de lo que no comprenden, ni conocen. Y la alegría del Señor Dios fue fulgurante y produjo un resplandor que iluminó los cielos, a la vez que su tremenda voz recorrió los espacios y los puso a ondular. El Señor Dios se había puesto tan contento porque de pronto comprendió que el maestro de ese hatajo de idiotas que andaban matándose en un mundo lleno de riquezas y de hermosuras tenía que ser en apariencia igual a ellos, es decir, un hombre y que por tanto la madre de ese maestro debía ser una mujer. Así fue como el Señor Dios decidió que Su Hijo nacería como los hijos de todos los hombres, nacería en la Tierra y su madre sería una mujer.

Alegre con su idea, el Señor Dios decidió escoger a la que debía llevar a Su Hijo en el vientre. Durante largo rato miró hacia la Tierra, observó las grandes ciudades, una que se llamaba Roma, otra que se llamaba Alejandría, otra Jerusalén y muchas más que eran más pequeñas. Su mirada, que todo lo ve, penetró por los techos de los palacios y recorrió las chozas de los pobres. Vio infinito número de mujeres, mujeres de gran belleza y ricamente ataviadas o humildes en el vestir, emperatrices, hijas de comerciantes y funcionarios, compañeras de soldados y de pescadores, hermanas de labriegos y esclavas. Ninguna le agradó. Pues lo que el Señor Dios buscaba era un corazón puro, un alma en la que jamás hubiera albergado un mal sentimiento, una mujer tan llena de bondad y dulzura que Su Hijo pudiera crecer viendo la belleza reflejada en los ojos de la madre. El Señor Dios no hallaba mujer así y de no hallarla, toda la humanidad estaría perdida, nadie podría salvar a los hombres. De una mujer dependía entonces el género humano y sucede que de la mujer depende siempre, porque la mujer está llamada a ser madre, la madre buena da hijos buenos y son los buenos los que hermosean la vida y la hacen llevadera.

Iba el Señor Dios cansándose de su posición ya que estaba tendido de pechos mirando por el agujero que había abierto en las nubes, cuando acertó a ver, en un camino que llevaba a una aldea llamada Nazaret, a una mujer que arreaba un asno cargado de botijos de agua. Era muy joven y acababa de casarse con un carpintero llamado José. Su voz era dulce y sus movimientos armoniosos. Llevaba sobre la cabeza un paño morado y vestía de azul. El Señor Dios, que está siempre enterado de todo, sabía que se llamaba María, que era pobre y laboriosa, que tenía el corazón lleno de amor y el alma pura.

El Señor Dios tenía la costumbre de regañar consigo mismo, de manera que en ese momento dijo:

- Debo ser tonto, ¿pues por qué he estado buscando mujeres en las grandes ciudades y en los palacios, si yo sabía que María estaba en Nazaret?

Ocurre que el Señor Dios prefería admitir que era tonto antes que aceptar que de tarde en tarde su memoria le fallaba. Ya estaba algo viejo, si bien es lo cierto que Él había nacido viejo porque desde el primer momento de su vida había sido como era entonces, y desde ese primer momento lo sabía todo y tuvo sobre sí la responsabilidad de la vida, es decir, la de dar la vida, la de poblar los espacios de mundos y los mundos de seres, de plantas y de piedras, de montañas y de mares y de ríos. Con tantas preocupaciones encima, ¿a quién ha de extrañarle que se olvidara de la existencia de María? La había olvidado y esa era la verdad aunque Él no quisiera admitirlo. Pero he aquí que acertó a verla y de inmediato la reconoció, en el instante supo que ella debía ser la madre de Su Hijo. Gran descanso tuvo el Señor Dios en ese momento. Los hombres seguían en sus trifulcas, sus guerras y sus rapiñas y desde allá arriba el Señor Dios oía sus gritos, el tropel de sus caballerías atacándose unas a otras, veía a los reyes ordenando matanzas y celebrando grandes fiestas, a los mercaderes y a los sacerdotes de las más variadas religiones dirigiendo los cultos, cada uno diciendo que el suyo era el único verdadero, a los navíos cruzando los mares y a los pastores peleando a pedradas con los leones de los desiertos para defender sus ovejas. Y pensaba Él: “Pronto esos locos van a oír la voz de Mi Hijo”.

Para el Señor Dios decir “pronto” era como para nosotros decir “dentro de un momento”, sólo que el tiempo es para Él muy distinto de lo que es para nosotros. Todavía Su Hijo tenía que nacer, crecer y llegar a hombre. Pero si el Señor Dios había sufrido miles de años las locuras del género humano, ¿qué le importaba esperar unos años más?

Ahora bien, si se quiere que algo esté hecho dentro de un siglo, lo mejor es empezar a hacerlo ahora mismo, y así es como pensaba y piensa el Señor Dios. Además, Él no tiene la mala costumbre de soñar las cosas y dejarlas en sueño. Las mejores ideas son malas si no se convierten en hechos y el Señor Dios sabía que es preferible equivocarse haciendo algo a quedarse sin hacer nada por miedo a cometer errores. De manera que Él no debía perder tiempo, como no lo había perdido jamás cuando tenía algún quehacer por delante. Y ahora tenía uno muy importante: el de dar un hijo suyo a los hombres para que éstos oyeran por la boca de ese hijo la palabra de Dios.

Sucedía que María estaba casada desde hacía poco. Por otra parte, aunque se hallara soltera, el Señor Dios no podía bajar a la Tierra para casarse con ella. Él no era un hombre sino un ser de luz, que ni había nacido como nosotros, ni moriría jamás, a pesar de lo cual vivía y sentía y sufría. Era, como si dijéramos, una idea viva. Lo que Su Hijo traería a la vida no sería su rostro, no serían sus ojos, ni su nariz, sino parte de su luz, de su propio ser, de su esencia. Pero para que la gente lo viera y lo oyera, debería tener figura humana y para tener figura humana debía nacer de una mujer. Visto todo eso, no hacía falta que Él se casara con María, sólo era necesario que el hijo de María tuviera el espíritu del Señor Dios. Y eso había que hacerlo inmediatamente.

De vez en cuando, el Señor Dios tiene buen humor, le gusta hacer travesuras allá arriba. Esa vez hizo una. Él pudo haber soplado sobre sus manos y decir:

- Soplo, hazte un pajarillo y ve donde está María, la mujer del carpintero José, en la aldea de Nazaret y dile que va a tener un hijo mío.

Pero sucede que ese día Él estaba de buen humor y sucede además que Él conocía el corazón humano y sabía que nadie iba a creer a un pajarillo.

Por eso se arrancó un pelo de su gran barba, se lo puso en la palma de la mano y dijo:

- Tu vas a convertirte ahora en un ángel y te llamarás el Arcángel San Gabriel. ¡Pero pronto, que no estoy por perder tiempo!

Aquello pareció cuento de hadas. En un segundo el blanco pelo se transformó, creció, le salieron alas, se le formó una hermosa cabeza cubierta de rubios cabellos. Al abrir los azules ojos el Arcángel se llevó el gran susto.

- Buenos días, Señor... – empezó a decir, temblando de arriba, abajo.

- Señor Dios es mi nombre, joven – aclaró el Señor Dios -, y para lo sucesivo sepa que soy su jefe, de manera que vaya acostumbrándose a obedecerme.

- Si, Señor Dios, se hará como Usted mande.

- Empezando por el principio, como en todas las cosas, aprenda buenos modales, salude con cortesía a sus mayores y tenga buena voluntad para cumplir mis órdenes. Atienda bien, porque ustedes los ángeles andan siempre distraídos y olvidan pronto lo que se les dice. No ponga esa cara tan seria. Es muy importante saber sonreír, sobre todo, en su caso, pues usted va a tener una función bastante delicada, como si dijéramos, una misión diplomática.

- No se qué es eso, Señor Dios pero en vista de que Usted lo dice, debe ser así.

- Me parece muy inteligente esa respuesta, Gabriel. Creo que vas a ser un arcángel bastante bueno. Ahora, fíjate en esa bola pequeña que va rodando allá abajo. Obsérvala bien, es la Tierra y allá vas a ir sin perder tiempo.

El Arcángel San Gabriel miró hacia abajo y vio un tropel de mundos que pasaba a gran velocidad y como él acababa de abrir los ojos, más aún, acababa de nacer, no estuvo atinado cuando señaló a uno de esos mundos mientras preguntaba:

- ¿Es aquella de color rojizo que va allá?

Eso no le gustó al Señor Dios pues Él nunca había tenido paciencia para enseñar. De haberla tenido no habría pensado en un hijo para que sirviera de maestro a los hombres.

- Jovenzuelo – dijo -, haga el favor de poner atención cuando se le habla y no tendrá que oír las cosas dos veces. Le he enseñado la otra bola, la que está a la izquierda.

El Arcángel Gabriel era tímido. En verdad, no había tenido tiempo de formarse carácter. Le confundió sobremanera que el Señor Dios le tratara unas veces de “tú” y otras de “usted” y se puso a temblar de miedo.

- ¡Eso si que no! – tronó el Señor Dios - Estás lleno de miedo y nadie que lo tenga puede hacer obra de importancia. Tampoco hay que tener más valor de la cuenta, como les ocurre a algunos de esos locos que pueblan la Tierra y creen que el valor les ha sido concedido para hacer el mal y abusar de los débiles. Pero te advierto, hijo mío, que la serenidad y la confianza en sí mismo son indispensables para vivir conmigo, no quiero ni a los tímidos, porque todo lo echan a perder por falta de dominio, ni a los agresivos, que van por ahí causando averías, sino a los que son serenos porque la serenidad es un aspecto de bondad y la bondad es una parte de mí mismo. ¿Entiendes?

El Arcángel dijo que si, pero la verdad es que no entendió palabra, se sentía confundido, sorprendido de lo que le estaba ocurriendo minutos después de haber salido de un pelo de barba. Sólo atinaba a ver el desfile de mundos a lo lejos y a oír el vozarrón del Señor Dios.

- Bueno – prosiguió el Señor Dios -, pues si entendiste, ya sabes que ésa que te señalo es la Tierra. Vas a irte allá sin perder tiempo, te dirigirás a una aldea llamada Nazaret, que está cerca de un lago al cual los hombres llaman de Genezaret. Aprende bien el nombre para que no cometas errores. En esa aldea de Nazaret vive una mujer llamada María. Hace un momento la vi llevando agua a su casa y tal vez, no haya llegado todavía, vestía de azul claro, llevaba un paño morado sobre la cabeza y arreaba un asno cargado de botijos de agua. Te doy todos esos detalles para que no te confundas. Podrás conocerla, además, por la voz, pues su voz es melodiosa como ninguna otra. Si sucede que al llegar tú ya ella se ha metido en su choza, pregunta a cualquiera que veas por María, la mujer del carpintero José, es seguro que te dirán dónde vive, porque la gente de la Tierra es curiosa y amiga de novedades, razón por la cual te ayudarán para después pasarse un mes charlando sobre tu visita a la joven señora. ¿Me vas entendiendo?

- Si, Señor Dios.

- Entonces queda poco por decirte. Al llegar allá te dirigirás a María con mucha urbanidad y le dices que Yo he dispuesto tener un hijo y que ella será la madre, que se prepare, por tanto, a ser la madre del Hijo de Dios. Eso es todo. ¡Vete en el acto, que tengo un poco de sueño y antes de dormir quiero saber cómo te irá en tu embajada!

San Gabriel iba a salir cuando se le ocurrió preguntar:

- ¿Y si me pregunta cómo va a ser Su Hijo, qué nombre habrá de ponerle, qué oficio tendrá?

- Le dirás que será como todos los hijos de hombres y mujeres y que sólo ha de distinguirse de los demás por la grandeza y la luminosidad de su espíritu, que será humilde, bondadoso y puro, que le llame Jesús y que su oficio será mostrar a la humanidad el camino del amor y del perdón. Le dirás también que está llamado a sufrir para que los demás puedan medir el dolor que hay en la Tierra comparándolo con el que él padecerá y porque sólo sufriendo mucho enseñará a perdonar también mucho.

El Arcángel no esperó más. Sentía que las palabras del Señor Dios henchían su alma, la llenaban con fuerza musical, con algo cálido y hermoso. Se le olvidó despedirse, cosa que el Señor Dios no le tomó en cuenta porque pensó que no podía aprenderlo todo de golpe. Un instante después, San Gabriel veía la Tierra tan cerca que casi podía tocarla.

CAPITULO II

Viendo las ciudades de la Tierra, los ricos palacios en lo alto de las colinas y a orillas de los mares, admirando el esplendor con que vivían los reyes y sus favoritos, los grandes mercaderes y los jefes de tropas, San Gabriel se preguntó por qué el Señor Dios había resuelto tener un hijo con una mujer pobre, que moraba en choza de barro y arreaba asnos cargados de agua por caminos polvorientos. ¿No era el Señor Dios, el verdadero rey de los mundos, el dueño del Universo, el padre de todo lo creado? ¿No debía ser su hijo pues, otro rey? Si tenía que nacer de mujer, ¿por qué Él no había escogido para madre suya a una reina, a la hija de un emperador, a la heredera de un príncipe poderoso? A juicio de San Gabriel, el Hijo de Dios, debía nacer en lecho adornado con cortinas de terciopelo y seda, entre oro y perlas, rodeado por grandes dignatarios y damas deslumbrantes y a su alrededor debía haber un ejército de esclavos listos a servirle; así, todos los pueblos le rendirían homenaje y veneración desde su nacimiento y los grandes y los pequeños le obedecerían porque estaban acostumbrados desde hacía muchos siglos a respetar y honrar a quienes nacían en cunas de reyes. ¿Había dicho el Señor Dios que Su Hijo estaba llamado a mostrar al género humano, el camino de la paz, del amor y del perdón había él oído mal? De ser así, ¿no le sería más fácil imponer la paz si nacía hijo de rey y por lo mismo, obedecido por millares de soldados que harían lo que Él les ordenara?

El Arcángel San Gabriel se detuvo un momento a meditar. Pensó que tal vez él estaba equivocado, a lo mejor se había confundido y el Señor Dios no le había hablado de choza, ni de mujer pobre, ni de asno, ni de botijos de agua. Volvería allá arriba a preguntarle al Señor y hasta de ser posible discutiría con Él, el asunto.

Pero el hermoso ángel ignoraba que el Señor Dios estaba mirándolo e ignoraba también que el Señor Dios sabía qué cosa estaba pensando él en tal momento. Podemos imaginar, pues, el susto que se llevó cuando oyó la enorme voz del Señor Dios llamándole. He aquí lo que le dijo el Señor Dios:

- Gabriel, estás pensando mal. Te dije lo que te dije, no lo que tú crees ahora que debí decirte. Mi Hijo nacerá en casa pobre, porque si no es así, ¿cómo habrá de conocer la miseria y el padecimiento de los que nada tienen que son más que los poderosos? ¿Cómo quieres tú que Mi Hijo conozca el dolor de los niños con hambre, si Él crece harto? Mi Hijo va a ofrecer a la humanidad el ejemplo de su sufrimiento, ¿y quieres tú que se lo ofrezca desde el lujo de los palacios? Gabriel, ¡no me hagas perder la paciencia, caramba! No te metas a enmendar mis ideas. Cumple tu misión y hazlo pronto, que estoy cayéndome de sueño y no me hallo dispuesto a perdonarte si me desvelo por tu culpa.

¡Ya lo sabes!

¿Qué más debía decirse? El pobre Arcángel estuvo a punto de caer de bruces en pleno lago de Genezaret, pues del susto se le olvidó usar las alas. En un segundo se dirigió a la choza del carpintero José, y tan asustado iba que pegó un cabezazo contra la pared. En el acto se le formó un chichón. Para suerte suya la choza no era uno de esos palacios de mármol donde él creyó que debía nacer el Hijo de Dios, pues de haber sido uno de ellos, el hermoso Arcángel se habría roto un hueso.

Frente a la choza había un hombre barbudo, de cara bondadosa, que aserraba un madero. “Este debe ser el carpintero José”, pensó San Gabriel. Y era José sin duda, pues cerca de él había un rústico banco de carpintero y sobre éste, madera cortada e instrumentos del oficio.

- ¿Qué desea usted? – le preguntó el carpintero, a quien le pareció muy raro que el visitante, en vez de tocar a la puerta como lo hace todo el mundo, llamara golpeando con la cabeza en la pared.

- Deseo saber dónde vive el carpintero José – explicó el Arcángel.

- Aquí mismo, joven, yo soy José. Le advierto que si viene a buscarme para algún trabajo, me halla con muchos compromisos.

Esa era una manera de estimular el interés del visitante, pues la verdad es que José estaba por esos días sin trabajo. De ahí que le desconsolara mucho oír al recién llegado, que decía:

- No, señor, se trata de otra cosa. Yo vengo a hablar con María, su mujer.

- ¿María? – dijo José, como un eco -. Fue a la fuente en busca de agua. Tendrá que esperarla un poco. ¿Desea sentarse?

- No, prefiero esperarla aquí.

José no perdió del todo la esperanza y se puso a hablarle al visitante de su oficio.

- A mi siempre me están buscando para trabajos de carpintería –afirmaba- porque nadie hace mesas y reclinatorios tan buenos ni tan baratos como yo. Por eso me mantengo ocupado todo el año.

José hablaba y San Gabriel pensaba en la rapidez con que se habían producido los hechos desde su aparición al conjuro del soplo del Señor Dios. Todo había sucedido tan deprisa que todavía María no había vuelto de la fuente.

El Señor Dios la había visto arreando el asno y antes de que ella retornara a su casa había nacido el arcángel, había oído las recomendaciones del Señor Dios, había viajado a la Tierra, había pensado disparates, se había casi descabezado contra la pared de la choza y había cambiado frases con José.

- Caramba – se dijo él lleno de asombro – la verdad es que mi jefe actúa sin perder tiempo.

¿Sin perder tiempo? ¿Y qué es el tiempo para el Señor Dios, si ocurre que a la vez Él es el tiempo y está más allá del tiempo? El tiempo es algo así como la respiración de los mundos y el Señor Dios es la vida misma de los mundos, de manera que el tiempo viene a ser la respiración del Señor Dios, ideas muy complicadas desde luego para San Gabriel. Desde allá arriba el Señor Dios veía esas ideas en la cabeza de su embajador y pensaba: “A este Gabriel le valdría más recordar mis instrucciones y no meterse en honduras porque ya va llegando María”.

Así sucedía, en verdad. Con su alegre y linda cara de muchacha, María iba acercándose a la choza. De sólo verla, el Arcángel la conoció, lo cual no tuvo buenos resultados porque como estaba pensando en aquello del tiempo, se turbó y olvidó que el Señor le había recomendado usar modales urbanos para dirigirse a la joven señora. También es verdad que él nunca antes había hablado a una mujer; que en un instante había pasado de la nada a la vida y había viajado de los cielos a la Tierra, en fin, que había tenido muchas emociones y muchas experiencias en corto rato, lo cual tal vez podría explicar su turbación. Es el caso que cuando María llegó, se le puso delante y sólo atinó a decir esto:

- Si no me equivoco, usted es María, la mujer de ese señor que está ahí aserrando madera. Bueno, yo tengo que hablar con usted algo muy importante. Se lo voy a decir en presencia de su marido, porque según me dijo el Señor Dios, la gente de esta Tierra es muy dada a charlar sobre todas las cosas y es mejor que haya testigos. Lo que tengo que decirles es que el Señor Dios va a tener un hijo y usted va a ser la mamá. Con que ya lo sabe. Si tiene algo que preguntar, hágalo ahora mismo porque el Señor Dios se siente con sueño y no quiere que yo pierda el tiempo hablando tonterías con usted.

La joven María se quedó boquiabierta, más propiamente, muda del asombro. Pero el que se asustó más fue su marido. Tan pronto oyó lo que había dicho San Gabriel, soltó la sierra y salió detrás del Arcángel, que ya se iba.

- ¡Oiga, amigo! ¿Usted sabe lo que ha dicho? ¿No sabe usted que el Hijo de Dios va a tener que sufrir mucho, según dicen las Escrituras y que van a matarlo en una cruz?

San Gabriel atajó aquel torrente de palabras explicando:

- Todo lo que usted quiera, señor, pero yo he venido a cumplir una misión que me encomendó el Señor Dios. Yo lo siento mucho, pero lo que le suceda al Hijo de Dios no es asunto mío. Lo único que puedo decirle es que su papá quiere que le pongan el nombre de Jesús.

Dicho lo cual pegó un salto, extendió las alas y se perdió en el cielo, a tal velocidad que ningún ojo humano podía seguirlo.

El bueno de José cayó de rodillas, se agarró una mano con la otra, elevó las dos a lo alto y después se dobló hasta pegar la cabeza con el polvo del camino.

- ¡Ay María, María! –exclamó- ¿Cómo se te ocurre tener un hijo de Dios? ¿No sabes que todos los profetas han dicho que el Hijo de Dios tendrá que sufrir mucho entre los hombres, que será escarnecido, torturado y muerto en una cruz, como el peor de los criminales? ¿Qué va a ser de nosotros, María? ¿Por qué te has metido en tal compromiso sin hablar antes conmigo?

La pobre María oía a su marido sin lograr comprender por qué hablaba así. Pues qué tenía ella que ver con lo que dispone el Señor Dios, ¿qué sabía ella de lo que había hablado San Gabriel, a quien nunca antes había visto y cuyo nombre ignoraba?

El Señor Dios veía a la joven María confundida, a José con el rostro desfigurado por el sufrimiento y sólo atinó a intervenir diciendo:

- ¡No seas tonto, José, que María no ha tenido parte en la decisión mía, y el nacimiento de Mi Hijo no es cosa suya, ni tuya, sino mía!

Lo cual era verdad, pero también es verdad que desde que los hombres comenzaron a poblar la Tierra, habían adquirido la costumbre de echar sobre sus mujeres la culpa de cuanto pasaba. El Señor Dios ignoraba esto porque Él nunca había visto de cerca cómo se comportaban los matrimonios, debido a que lo ignoraba, le habló así a José. De haber estado al tanto de pequeñeces como ésa, habría pasado por alto las palabras del marido de María, pues es lo cierto que tenía sueño y quería echar una siesta.

Una siesta del Señor Dios puede ser de días, de meses o de años. Pero la de esa ocasión no iba a ser muy larga. Porque he aquí que Él estaba en lo mejor del sueño cuando de pronto despertó diciendo:

- Caramba, si ya va a nacer Mi Hijo. Por poco lo olvido.

Desde hacía millares de siglos nacían niños en la Tierra. Nacían hijos de reyes, de labriegos, de pastores, de guerreros; nacían niños blancos, amarillos, negros; nacían hembras y varones, unos robustos, otros débiles; unos chillones y otros casi callados, unos ricos y otros pobres, unos de ojos azules y otros de ojos castaños y de ojos negros; niños de todas clases, de todas las figuras; niños que nacían en medio de las guerras, en los campamentos, entre lanzas y sables y caballos y niños que nacían en los bosques, rodeados de árboles, de pajarillos y de mariposas; niños que nacían en los caminos, mientras sus padres viajaban y niños que nacían en las barcas, sobre los ríos y los mares; niños que nacían en grandes casas llenas de alfombras y niños que nacían en las cuevas de los pastores, al pie de las montañas. Lo que jamás se había visto era el nacimiento de un niño que fuera el Hijo del Señor Dios. El Señor Dios no tenía experiencia en casos de nacimientos, lo cual explica que el de Su Hijo le tomara de sorpresa.

Así sucedió. El Señor Dios despertó cuando ya Su Hijo estaba a punto de nacer. Ahora bien, Él había resuelto que el niño nacería pobre y nacer pobre es tanto como nacer desconocido. Si el alumbramiento de María se hubiese dado en Nazaret, alguna gente iría a ayudarla, a ver a la criatura, no faltarían los vecinos, los parientes y los conocidos de María y de José. En ese caso, no se cumpliría la voluntad del Señor Dios. El niño, pues no nacería en la aldea de Nazaret y a fin de que así fuera el Señor Dios hizo correr la voz de que María y José tenían que hacer un viaje a Belén porque el emperador de Roma, que gobernaba en esos lugares, había ordenado que todo el mundo debía inscribirse en el sitio de donde procedía su familia. La familia de María era de Belén de Judá, un pueblo que estaba al sur de Nazaret. En Belén habían nacido muchos cientos de años antes, un rey llamado David. En Belén debía nacer el Hijo de Dios.

Montando el asno que usaba para llevar agua de la fuente a la casa, María iba hacia Belén por caminos llenos de polvo y de piedras rojizas. El sol de los inviernos calentaba toda la llanura; casi hacía hervir el aire. María cubría su rostro con un paño de color rojo, el asno caminaba despacio y detrás iba José agitando una rama seca con la cual pegaba de vez en cuando al paciente borrico. Cada cinco o seis horas se detenían; era cuando llegaban a las cercanías de un pozo, donde debían coger agua para el camino. Pues en las tierras donde nació el Hijo de Dios, apenas hay ríos; la sed atormenta a las bestias y a las gentes; en escasos lugares se ven árboles y sólo se hallan con profusión arbustos espinosos; los vientos levantan nubes de tierras quemadas por la sequía y las ovejas se refugian a la sombra de las montañas, donde el rocío nocturno permite que crezcan los yerbajos que necesitan para sustentarse.

Con gran trabajo llegaron María y José a Belén y hallaron el poblado lleno de forasteros, visitantes de las aldeas vecinas que iban allí a inscribirse y aprovechaban el viaje para vender lo poco que tenían. Las pequeñas calles eran muy estrechas y torcidas, de manera que el borrico, cargado con María, apenas podía pasar por entre los montones de quesos, de pieles de carneros, de higos y de botijos que los vendedores extendían sobre las piedras. Mientras pasaba, José iba gritando que pagaría bien a quien le ofreciera una habitación para él y para su mujer, que llegaban de lejos y necesitaban albergue. Pero nadie podía ofrecerles techo, ni aún por una noche. Las casas, en su mayoría pobres estaban llenas desde hacía días con los visitantes de los contornos. Nadie ponía atención en los gritos de José, que estaba angustiado porque sabía que su mujer iba a dar a luz y quería que lo hiciera como todas las mujeres, en una habitación. José no sabía que el Señor Dios había dispuesto que Su Hijo debía nacer pobremente, tan pobremente como podría nacer un ternero o un potrillo.

Siguieron pues, María y José cruzando las callejuelas. Veían pasar ante ellos jóvenes con corderos cruzados sobre los hombros, muchachos que llevaban palomas enjauladas o racimos de perdices muertas; pasaban ancianas con telas que ellas mismas habían tejido; de vez en cuando cruzaban grupos de asnos cargados con botijos de vino y de aceite. Todo el mundo gritaba ofreciendo algo en venta. Belén estaba lleno de mercaderes.

No habiendo hallado albergue para él y para María, José fue a dar a un establo, hacia el camino del sur. En el establo descansaban las bestias de labor de campesinos que iban a Belén y se veían allí mulas, bueyes, jumentos y caballos, cabras y ovejas. Como José y María llegaron tarde, casi todas las bestias dormían ya. El sitio era pobre, con el techo en ruinas, las paredes a medio caer, el piso lleno de excremento de los animales. Pero había calor, el calor que despedían las bestias y un olor fuerte, que resultaba a la vez grato, parecía llenar el aire del lugar.

Cuando el Señor Dios despertó, ya estaba naciendo Su Hijo. Nació sin causar trastornos, muy tranquilamente; pero igual que todo niño, gritó al sentir el aire en la piel. Gritó y un viejo buey que estaba cerca, volvió los ojos para mirarle; mugió, acaso queriendo decir algo en su lengua, y su mugido hizo que una mula que estaba a su lado se volviera también para ver al recién nacido. En ese momento fue cuando el Señor Dios abrió allá arriba las nubes y dijo:

- ¡Pero si ya nació Mi Hijo!

- De momento el Señor Dios pareció desconcertado. Nunca había El pasado por un caso igual, pues aunque los mundos y todo lo que en ellos hay habían sido creados por Él, jamás había tenido un hijo directo, nacido de su propia esencia. Lo primero que hizo fue preguntarse qué debía Él hacer para que la gente supiera que Su Hijo había llegado a la Tierra. (Fragmento).




MI DIA ESPECIAL

Por:Arq. Edwin Almonte
www.sabanaiglesia.org
25 diciembre 2009


Creo que cada día tiene un color diferente, aunque físicamente no lo podamos ver.
Es como la Fe, no podemos verla pero sabemos que la tenemos.

Hoy no es un día monocromático, para mí, sino multicolor. Puedo ver el color azul celeste de la bondad de Dios sobre mi vida y su misericordia color verde pastel arroparme cada día.
Su blanco perdón, el cual limpió mi vida por medio de la roja sangre de su hijo derramada en la cruz, está siempre presto para mí.
Hoy es un día multicolor en mi vida, porque el blanco maná de Dios viene a mi vida a través del trabajo que el Señor todopoderoso me da para sostener mi familia y ayudar a aquellos que su día se torna gris por las precariedades.

Hoy doy gracias a Dios, este 25 de diciembre por un nuevo año más de vida (¿O un año menos?).
Le doy gracias por el trabajo, por los errores, por la salud, por las dificultades, por el helado de majarete, por mi esposa Merary, por mi hijo Jahdiel, por mis familiares, por mi casa en construcción, por los problemas y dificultades, por mis triunfos y fracasos, por el “majón” que me di en el pulgar de mi mano derecha, con la puerta del vehículo hace unos meses. (Gracias, porque por lo menos tengo vehículo). Siempre debemos ver en todo un motivo para dar gracias a Dios.



En este día multicolor doy gracias a Dios por mis amigos y hermanos en la fe, doy gracias a Dios por aquellos que se oponen y hablan mal de mí y por aquellos que se expresan a mi favor, gracias porque no tengo enemigos (El que quiera serlo pierde su tiempo), Gracias por aquellas cosas que quiero resolver y escapan a mis posibilidades humanas, porque eso me hace entender que no lo puedo todo y debo depender de Dios.

Gracias a mi madre por llevarme nueve meses en su vientre y empujarme al exterior un 25 de diciembre (¿De que año?).
Gracias a Dios por venir a mi vida y hacerse mi amigo por medio de Jesucristo.

Gracias a todos los visitantes de esta página, multicolor en opiniones, criterios y comentarios.
Sin lugar a dudas hoy es un día multicolor para mí. Hoy es un día especial.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Videos para recordar

Por:Arq. Edwin Almonte
www.sabanaiglesia.org
24 diciembre 2009




Aida Decoraciones en graduación Liceo

Por:Arq. Edwin Almonte
www.sabanaiglesia.org
24 diciembre 2009


La séptima graduación del Liceo Matutino Zoila María Almonte, promoción Dhimex, fue dedicada a Sor Mercedes, hija de Generosa Ferreira, por su amplia trayectoria de trabajo a favor de la educación en Sabana Iglesia.


Muchas personas hablaron muy positivamente de la decoración del lugar, la cual estuvo a cargo de Aida decoraciones.
Aida Almonte les deja su número de teléfono a todas aquellas personas que necesiten su servicio en el area de la decoración. Su número es 809-868-3811.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

HURGANDO EN LA HISTORIA

Compilación:Arq. Edwin Almonte
www.sabanaiglesia.org
23 diciembre 2009

Batalla_del_Matun Se cumplió el pasdo 19 de diciembre el 44 aniversario de lo que la historia registra como “La Batalla del Matún", en la que cientos de tropas militares, con el apoyo logístico de las fuerzas invasoras, trataron en vano de aniquilar el reducido grupo de militares constitucionalistas encabezados por el coronel Caamaño Deñó, que habían viajado desde Santo Domingo hasta aquí para rendir homenaje al ideólogo del movimiento constitucionalista Rafael Tomás Fernández Domínguez, muerto el 19 de mayo de 1965.

Utilizando aviones, tanques, morteros y una amplia gama de fusileria las tropas regulares que intentaron asaltar el Hotel Matún, tuvieron que replegarse en varias ocasiones, con un alto número de bajas, entre heridos y muertos, ante la heroica resistencia de los que, sabiendo que se jugaban la vida, los mantuvieron a raya por más de 9 horas en recios combates.

Claudio Caamaño Grullón, uno de los hombres encargados de la seguridad del grupo, cuenta que desde que llegaron a Santiago aquel día, sintieron que algo extraño movía sus hilos infernales. “Concluida la misa en la Iglesia de La Altagracia, marchamos al cementerio a llevar una ofrenda floral a la tumba de Fernández Domínguez y estando allí nos dispararon desde la azotea de unos edificios continuos”, expone Claudio.

Y agrega que de inmediato la seguridad logró capturar a los agresores despojándoles de dos fusiles. “Ya en el Hotel Matún, cuando nos preparábamos para recibir a decenas de personas, sobre todo muchos niños, que acudían con sus padres a saludar al coronel Caamaño, empezó a materializarse el cerco de las instalaciones y de inmediato se inició el asalto”.

Al caer la tarde, con tres bajas, la del coronel Juan Maria Lora Fernández, un sargento escolta y un civil que visitaba el centro hotelero, y cuando los constitucionalistas se aprestaban a romper el cerco e internarse en la ciudad para continuar mejores condiciones de lucha, aprovechando la oscuridad de la noche que se acercaba, llegaron en helicópteros los soldados de la ocupación para poner fin al enfrentamiento. “Habían rastreado las comunicaciones de los constitucionalistas y percatados de sus planes se vieron obligados a dejar de lado sus aviesos propósitos de exterminio de aquel puñado de hombres que ostentaba el más elevado orgullo patrio de dignidad y decoro.

Asi concluyó un doloroso episodio de nuestra vida republicana que tuvo en un tris de volver a desencadenar la guerra fraticida entre hermanos, azuzados por el odio y la maledicencia provocada por la guerra fría entre dos imperios.


¡Yo estaba en el Matún!

Por: William Wall

Antecedentes.
Ya había concluido la contienda conocida como La Revolución de Abril de 1965 y el país volvía con lentitud a la normalidad, cuando el domingo 19 de diciembre de ese mismo año sucedió lo inesperado; un asalto militar al Hotel Matún en la ciudad de Santiago de los Caballeros. El pasado viernes se cumplió el cuadragésimo tercer aniversario de ese evento insólito, que durante 7 horas manchó en forma bochornosa la imagen del Ejército Nacional. Volvamos al pasado.

Yo estaba hospedado en el Hotel desde unos días antes por motivos de trabajo y el sábado 18 asistí a un baile de presentación en sociedad en el Centro de Recreo como acompañante de la que hoy es mi esposa, junto con mi mejor amigo que a la vez acompañaba a otra chica. Él llegó a Santiago ese mismo día y estando el hotel completamente ocupado decidimos compartir mi habitación que estaba ubicada en el piso superior en la parte frontal del edificio, desde donde se divisaba el Monumento a los Héroes de la Restauración cuya estructura domina los alrededores.

Retornamos al Hotel de madrugada, felices y fatigados con la intención de descansar para regresar a Santo Domingo al mediodía. Las intenciones eran buenas pero el destino nos tenía reservado una experiencia inolvidable para ese domingo fatídico en víspera de navidad.

Comienza el asalto

A las 10.20 de esa mañana soleada, suenan unos disparos en el exterior del hotel y mi amigo que dormía en la cama cercana a la ventana abierta, salta y se sitúa debajo de la misma. Yo salté de mi cama en dirección contraria y entré en el closet desde donde divisaba claramente el Monumento y la explanada que descendía hacia el Hotel. En la pared debajo de la ventana, había un hoyo destinado a la instalación futura de un aire acondicionado, que estaba cubierto parcialmente por una plancha de “Plywood. A través de los espacios que quedaban al descubierto, mi amigo observa a un hombre vestido de civil en la entrada del Hotel empuñando una pistola escudándose detrás de un vehículo. Yo por otro lado veía soldados, fusil en mano disparando corriendo hacia el hotel desde el Monumento. Así comenzó para los ocupantes del Hotel la odisea ese día.

Ambos éramos extranjeros y portábamos nuestros pasaportes, por los cual decimos vestirnos de inmediato y salir de la habitación creyendo que los militares que se acercaban al hotel buscaban a alguien y que seria preferible identificarnos los antes posible. Se oían voces y movimiento de personas en el pasillo. Al abrir la puerta me encuentro de frente a Héctor Aristi amigo y ex-miembro del gabinete Constitucionalista empuñando una pistola calibre 45. Me pregunta “¿Que haces tu aquí?” y yo le respondo “¿Yo estoy hospedado aquí, pero que haces tu aquí con esa pistola en la mano?” Me respondió que un grupo de ex-combatientes Constitucionalistas se había desplazado de la Capital al cementerio de Santiago para depositar una ofrenda floral a un compañero caído en la Revolución y que estando frente a su sepulcro le dispararon desde un edificio cercano. Habiendo rechazado el ataque con disparos, el grupo se dirigió al hotel. Añadió que tenían armas largas y municiones y que estaban preparándose para repeler el ataque sorpresivo que se iniciaba en ese momento.

Fracasan los esfuerzos para obtener la intervención de la OEA

El pasillo estaba repleto de personas confundidas y temerosas. Héctor me invita a seguirlo a una habitación (la más cercana a las escaleras que bajaban al lobby) ubicada en la parte posterior del hotel, en la cual se encontraba el coronel Caamaño Deño a quien yo había conocido meses antes en el edificio Copello, sede del gobierno Constitucionalista. El Coronel Caamaño (Francis) estaba con el auricular del teléfono en la mano tratando de comunicarse con el hotel Embajador en Santo Domingo para hablar con el Sr. Ellsworth Bunker, embajador de los EEUU en la OEA, quien había negociado meses atrás el acuerdo de paz entre las dos fuerzas contendientes en la Revolución. Alegaba el Coronal Caamaño que no lograba comunicarse con el hotel Embajador no obstante sus repetidos intentos para notificar al Sr. Bunker de la situación y solicitar su intervención con el propósito de evitar el inminente derramamiento de sangre que se avecinaba. Recuerdo indicarle que no creía que lo iba lograr ya que era evidente que a las fuerzas armadas dominicanas se le había presentado la oportunidad de liquidar a los principales miembros que quedaban de la plana mayor del ex-gobierno Constitucionalista y dudaba que las fuerzas de extranjeras de ocupación intervinieran rápidamente para evitarlo. Fue la última vez que hablé con “Francis”.

Se organiza la defensa y llegan los tanques


A la salida de la habitación encuentro al Capitán Montes Arache, manipulando una M16A1, fusil de asalto introducido no hacia mucho en el ejército de los EEUU y con los cuales estaba equipada la fuerza de ocupación de ese país. A sus pies había una caja de municiones calibre 5.56mm para ese fusil. Recuerdo expresar mi sorpresa al ver el M16 en su poder y él respondió que esa arma era lo “último” y por eso la poseía”. El Capitán Montes Arache se dirigió de inmediato a la ventana que cubría la parte frontal del edificio en el espacio donde terminaban las escaleras y tirandose al piso se dispuso a disparar. Yo lo acompañé y me situé cerca de él también en el piso por breves momentos, durante los cuales vi caer como resultado de sus disparos a varios soldados que se acercaban a una distancia de unos cincuenta a cien metros del hotel. El capitán comentó algo así como” ¡mira a esos pend…... como vienen a pecho descubierto!”

Mi amigo propuso que saliéramos corriendo por la parte trasera del hotel, lo cual no me pareció acertado ya que era evidente que estabamos rodeados y nos exponíamos a que nos dispararan sin que tuviéramos la oportunidad de identificarnos como extranjeros y meros huéspedes del hotel. Bajamos hasta la cocina y volvimos al corredor frente a nuestra habitación entre la gente que llenaba el estrecho espacio. Allá oímos alguien decir que se acercaban unos tanques. Consideré que para acercarse, los blindados deberían subir la loma donde está ubicado el hotel y por los tanto la dirección de los disparos seria ascendente hacia el segundo piso, que de todas maneras era donde estaban apostados la mayoría de los defensores. Decidimos bajar a la primera planta y así lo hicimos, cruzando el lobby para refugiarnos en el corredor ubicado detrás del “front desk” donde estaba situada la barbería del hotel. Allí había un grupo de personas entre las cuales se encontraban una mujer embarazada y menores de edad. También había unos norteamericanos pertenecientes al circo que estaba instalado frente al hotel donde hoy se encuentra el teatro Cibao.

Poco tiempo después los disparos de los tanques hacían impacto en las paredes externas del edificio y en el pasillo nos inundaba partículas de pintura desprendidas del techo al estremecerse la estructura. Los niños lloraban y las mujeres recurrían con su plegaria a la protección del Todopoderoso. Oímos golpes y gritos en la última habitación del pasillo ubicada en la parte trasera del edifico (el lado del parqueo) y fuimos a investigar. Los golpes y .chillidos provenían del closet cuyas puertas correderas de “plywood” no podíamos abrir. Entre tres pudimos derribarla y en el interior descubrimos a la “gorda” del circo una norteamericana en pánico que no hablaba español. No concebíamos como pudo introducirse en el closet, pero imagino que el temor superó la ley de “masa-espacio”. Le buscamos una silla pero la protuberancia de la parte baja inferior trasera de su cuerpo, el extraordinario volumen y el asombroso peso que alcanzaba aquella mujer, dificultaba su uso. Seguía balbuceando sin comprender lo que estaba sucediendo. Presentaba un cuadro triste que nos causó mayor desasosiego y pena.

En una inspiración Quijotesca se me ocurrió sugerir, que enarbolando una camisa blanca como bandera, sacáramos del hotel a las mujeres y los niños, pero alguien me apuntó con un revolver para darle énfasis a su argumento, de que de allí no saldría nadie ya que si evacuábamos a las mujeres y niños los que quedaran serían exterminados. No me pareció prudente frente a la “fuerza” de sus argumentos, responder que de todas maneras era obvio por la ferocidad con que estábamos siendo atacados que pocos saldríamos con vida. .

Llegan aviones

Poco después oímos aviones sobrevolando el hotel. ¿Seria el principio del fin? Nos preparamos psicológicamente para un ataque aéreo pero en verdad era poco lo que podíamos hacer físicamente. Me imaginé que sufríamos la misma sensación de frustración que debían sentir liebres acorraladas entre cuatro paredes sin posibilidades de salir ilesas del acoso de los cazadores. Sorpresivamente y para el alivio de todos, los aviones no dispararon, limitándose a sobrevolar el área. Más adelante en este relato haré referencia a este fenómeno.

Cese al fuego

Al mediodía, se hizo presente en el lobby del hotel un representante de la Iglesia Católica y creo, aunque no puedo asegurarlo, que estaba acompañado de alguien del consulado americano. Por medio de un altoparlante se anunció que se había acordado un alto al fuego; se nos solicitó que fuéramos a nuestras habitaciones para recoger los efectos personales y se nos informó que posteriormente se procedería con nuestra evacuación.

Mientras los huéspedes cumplían con las instrucciones impartidas, los defensores del hotel continuaban en sus puestos de combate. Subí las escaleras y al pasar cerca del balcón que se proyectaba sobre el parqueo en la parte trasera del hotel, vi el impacto de un obús obviamente disparado por un tanque y en el piso mucha sangre y pequeños restos de un cuerpo humano. Supe después que pertenecían al Coronel Lora Fernández.

Aunque parezca una frivolidad inexplicable decidí afeitarme, y junto a mi compañero de habitación recogimos nuestras pertenencias y nos dirigimos con las respectivas maletas al área donde estaba ubicada la piscina, ya que habían anunciado que allí se ofrecían refrescos. Bajamos por las escaleras traseras que daban acceso a la cocina y en esta vimos un tanque que había penetrado hasta la pared exterior habiendo sido neutralizado por los defensores. (Continuará)

martes, 22 de diciembre de 2009

Sobre lo que he leído

Por:Arq. Edenio Almonte
www.sabanaiglesia.org
22 diciembre 2009


Como muchos de ustedes me conocen al dedillo y saben que me encanta leer, ahora para esta época tan especial de navidad, me autoregalé un libro de un excelente cuentista checoslovaco cuyo nombre es: Franz Kafka (1883-1924), donde embebido en la lectura me encontré con un cuento que es una hermosa parábola que va dirigida para personas que no tienen decisión propia y arrojo, se le presentan grandes oportunidades para triunfar en la vida y no saben valerlas por temor. Lo quise compartir con ustedes y que cada quien saque su propia conclusión.



Ante la Ley
Autor: Franz Kafka (1883-1924)

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.
FIN